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Calentamiento patagónico

 

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29 de julio de 2003

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12 de octubre de 2005

 

Estas dos imágenes ilustran el retroceso del glaciar patagónico Upsala. La superior fue tomada en 1928 y la inferior, el mes último. Se calcula que entre 1997 y 2003 se derritieron en ese sitio 13,4 km2 de hielo.

29 de julio de 2003

Por Nora Bär  LA NACIÓN

El último número de la revista Climatic Change, editada por Kluwer Academic Publishers en Holanda, publicó los resultados de los estudios, que forman parte del proyecto Patagon-1000, financiado por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, muestran que el calentamiento en la Patagonia durante el siglo XX, y en especial desde mediados de la década del 70, fue absolutamente inusual; es más, 1998 fue el más cálido de los últimos cuatrocientos años.

"Nunca en los cuatro siglos pasados las temperaturas a lo largo de los Andes del Sur alcanzaron los niveles del calentamiento actual", afirma el doctor Ricardo Villalba, ingeniero forestal de la Universidad de La Plata, doctor en Geociencias de la Universidad de Colorado y posdoctorado en el mismo tema en la Universidad de Columbia, Nueva York, que condujo las investigaciones.

En el trabajo titulado "Cambios de largo plazo de la temperatura en los Andes del Sur: las variaciones del siglo XX en el contexto de los últimos 400 años", se presentan dos reconstrucciones de la temperatura para las zonas norte y sur de la Patagonia desde 1640, basadas en los anillos de crecimiento de la lenga ( Nothofagus pumilio ), la especie arbórea que crece más alto en los Andes del Sur, desde el norte de Neuquén hasta Tierra del Fuego. Ambas reconstrucciones coinciden y sus datos son contundentes: en los últimos 400 años no se registran condiciones similares.

El capitán Alexander Gillespie, viajero inglés y agudo cronista que pasó por Buenos Aires entre 1806 y 1807, menciona haber visto aquí "por la mañana temprano una gruesa escarcha sobre el agua, que desaparece a las nueve" ( Buenos Aires visto por viajeros ingleses , Emecé Editores, 1945).

Los porteños de dos siglos más tarde casi no tenemos recuerdo de la escarcha ni de los sabañones. Los fríos nos resultan menos rigurosos; el calor, más sofocante... Y los científicos, al parecer, coinciden: registran signos inquietantes en el clima global cuyas causas intentan explicar.

"Queremos caracterizar la variabilidad climática en todo el país a través de indicadores de la vegetación -explica Villalba desde su oficina en el Departamento de Dendrocronología e Historia Ambiental del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales, que integra el Centro Regional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas del Conicet (Ianigla-Cricyt), en Mendoza-. En la Patagonia estudiamos lengas, alerces, cipreses y araucarias. En el Noroeste, nogales criollos y cedros; en la Puna, churquis y queñoas; en la zona árida, todos los algarrobos."

Una forma de dilucidar si los cambios climáticos que se registran en todo el mundo se deben a la acción del ser humano o forman parte de una dinámica natural es analizando la variación climática del pasado reciente. Pero hay un problema: en el país, el número de estaciones meteorológicas con registros de más de 100 años es muy reducido, lo que impide establecer series lo suficientemente prolongadas. Además, los registros meteorológicos más extensos provienen de las grandes ciudades, donde la señal climática está alterada por el calentamiento debido a la urbanización.

Por eso, el grupo que firma el trabajo -integrado por científicos argentinos y chilenos (estos últimos pertenecientes a la Universidad Austral y a la Universidad de Chile)- optaron por estudiar los Andes patagónicos.

Esta región reúne una serie de condiciones que la hacen muy adecuada para el estudio de la variabilidad climática natural de mediano y largo plazo. Los sistemas montañosos proveen registros ambientales de períodos prolongados y ofrecen la oportunidad de complementar registros tomados de su densa vegetación y de sus glaciares. Por otro lado, es una de las áreas menos afectadas del mundo por la actividad humana, lo que facilita enormemente el estudio de la variabilidad natural del sistema climático.

En especial, los investigadores centraron su atención en los anillos anuales que generan ciertas especies arbóreas, algunas de extraordinaria longevidad.

"Los árboles ofrecen series continuas, que pueden datarse con absoluta precisión, y normalmente se extienden por varias centurias, y hasta milenios -indica Villalba-. Entre las lengas hay ejemplares de hasta 400 o 500 años, y entre los alerces encontramos árboles de hasta 3500 años, es decir que están en el Parque Nacional Los Alerces desde antes de Cristo."

La lenga, en contacto con la nieve y muy próxima a los glaciares, alcanza los tres o cuatro metros de altura, pero puede llegar hasta los 20. El alerce puede llegar hasta los 40 metros de altura y más de tres metros de diámetro. Cada año generan un nuevo anillo de crecimiento .

"Son como pequeñas bandas, de entre uno y dos milímetros de espesor, o a veces más pequeñas -explica el científico-, y su grosor depende precisamente de las condiciones climáticas. Si el verano es muy frío, la banda es más angosta, y viceversa."

Así, al extraer muestras cilíndricas de los troncos, de cinco milímetros de diámetro, los investigadores pueden recuperar las huellas de esa historia centenaria. "Es como hacer una biopsia -ilustra Villalba-. El árbol no resulta dañado y nosotros podemos fecharlo con exactitud y establecer correlaciones con los desvíos de la temperatura medidos por el ser humano. Como crecen en ambientes fríos, en lo alto de las montañas, son muy sensibles a la temperatura. Para nuestro estudio, analizamos alrededor de 30 árboles por sitio, lo que suma un total de entre 3600 y 3700 muestras a lo largo de la Patagonia andina."

Los científicos también están cartografiando un retroceso generalizado en los cuerpos de hielo de los Andes del Sur en respuesta al calentamiento documentado a partir de los anillos de los árboles.

El glaciar Frías, del monte Tronador, en el Parque Nacional Nahuel Huapi, por ejemplo, alcanzó su máxima extensión durante los últimos 2000 años alrededor de 1640-1660, durante una época fría que se conoce como Pequeña Edad del Hielo.

Desde ese momento y hasta 1850, aproximadamente, retrocedió a una velocidad de 2,5 metros por año. Pero cuando comienza el calentamiento la velocidad de retroceso se incrementa notablemente: fue de 7 metros anuales entre 1850 y 1900, alcanzó 10 metros por año entre 1910 y 1940, y 36 metros por año entre 1976 y 1986, período en el que las mediciones fueron realizadas anualmente por el Departamento de Glaciología del Ianigla.

Los glaciares y sus formas topográficas brindan información sobre los cambios ambientales y las variaciones climáticas asociadas con precisión de décadas. Es decir que a través de una calibración precisa de la fluctuación del frente de los glaciares se puede obtener una historia detallada de los cambios climáticos más significativos de los últimos siglos.

"Nuestras observaciones de campo indican que la velocidad de retroceso se ha incrementado aún más después de 1986 -detalla Villalba-. Esta aceleración, que se manifiesta en todos los glaciares patagónicos, es consistente con las reconstrucciones de la temperatura."  Y más adelante subraya: "Es cierto que hubo momentos geológicos en los que la Tierra fue más caliente que en la actualidad, pero ocurrieron hace millones de años, cuando los continentes estaban en otra posición, no había calotas de hielo sobre la tierra y la composición de la atmósfera era diferente. Esa situación, de millones de años atrás, y ésta de hoy son incomparables. Aunque en el pasado geológico reciente la temperatura también varió, nunca lo hizo en los niveles actuales. Aquí está pasando algo. Esto lleva a pensar que las actividades humanas, en especial la quema de combustibles fósiles y la deforestación como mayores contribuyentes a la emisión de gases de tipo invernadero, están forzando el sistema climático fuera del rango de su variabilidad natural".

 

12 de octubre de 2005

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/746712

Los movimientos de los glaciares patagónicos de los últimos 50 años podrían esconder indicios para conocer mejor las causas del cambio climático. Durante ese período, esos gigantes de hielo de la región austral de la Argentina y de Chile perdieron un 5% de sus 17.500 kilómetros cuadrados de extensión.

"A pesar de que existen sólo tres glaciares que se mantuvieron relativamente estables por razones topográficas (Pío XI, Perito Moreno y Spegazzini), la mayoría mostraron signos de regresión", explicó a LA NACION el ingeniero Guillermo Chinni, autor del libro Glaciares de la Patagonia, de Tierra del Fuego a Laguna San Rafael (Editorial Zagier & Urruty, 2005), una recopilación sobre la dinámica de los glaciares patagónicos en la segunda mitad del siglo XX.

"Si se consideran los retrocesos incluidos en el libro, durante las últimas cinco décadas la Argentina y Chile perdieron 129 kilómetros cúbicos de hielo, un volumen con el que se podrían haber cubierto casi 13 millones de hectáreas con un metro de agua dulce", dijo Chinni.

Este cálculo, indicó, es el resultado del promedio perdido por los glaciares en el período estudiado mediante el análisis de imágenes satelitales, fotos y relatos de exploradores y pioneros sobre el comportamiento de los glaciares durante el siglo XX.

"La humanidad está atravesando un período cálido en el que los mayores incrementos en la temperatura del aire se presentaron en el Polo Sur -afirmó-. Durante el pleistoceno, época de las glaciaciones y que comenzó hace dos millones de años, la mitad de la Patagonia y gran parte de Tierra del Fuego estaban cubiertas por un manto de hielo."

Tras distintos ciclos glaciales e interglaciales, a partir de la época actual del holoceno (hace unos 10.000 años), explicó, los hielos iniciaron su retirada con períodos de estabilidad y avances menores, como los registrados entre los siglos XV y XIX, denominados Pequeña Edad de Hielo.

"Quizás estos eventos puedan considerarse como «normales» en la historia de los paisajes de la Tierra, pero han tenido un gran impacto en las comunidades, ya que condicionaron los hábitat y el desplazamiento y la supervivencia de muchos organismos", dijo Chinni. No obstante, afirmó el autor, hay evidencias geológicas, glaciológicas y climáticas que muestran el efecto de eventos o ciclos naturales como causantes de glaciaciones y cambios climáticos. Incluso, mucho antes de la formación de las civilizaciones. "Las últimas catástrofes en nuestro planeta plantean el interrogante de si conocemos las verdaderas razones y consecuencias del cambio climático -cuestionó-. Además de las conocidas emisiones de gases que contribuirían al efecto invernadero, son varios los motivos que podrían originar glaciaciones y cambios climáticos."

Entre ellos están las actividades volcánicas intensas y continuas, los sucesos astronómicos, las variaciones en la actividad solar y los cambios en la composición de los gases de la atmósfera. "Es de vital importancia hacer más estudios para hallar las verdaderas razones del cambio climático, donde variables naturales y no estrictamente antrópicas, actuarían sobre la Tierra", concluyó.

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Última modificación: Viernes, 14 de Octubre de 2005